lunes, 29 de agosto de 2011

Capítulo 14...

Los miles de flashes que salían de cada cámara, cegaban a Javier. La prensa esperaba impaciente el comienzo de aquella reunión que no era precisamente de amigos. Cuando la lluvia parpadeante de fotos había parado, el subalterno respiró hondo antes de comenzar.
-         Caballero, ¿Podría decirnos si hay algún sospechoso?- abrió la ronda de preguntas una muchacha joven. Le dio la palabra Javier al tener la mano levantada.
-         Tenemos una idea de quien podría ser el asesino- respondió serio y fue dando paso a más preguntas.
-         ¿Sabe si actúan como grupo o es uno solo?- habló esta vez un hombre de la edad aproximada de Javier.
-         Ese dato no lo tenemos claro. Creemos que es uno solo, pero tenemos nuestras dudas.
-         ¿Por qué cree que mata solo a chicas?
-         Puede que sea por venganza. Esas chicas están relacionadas con el asesino en alguna etapa de su pasado.
-         ¿Cómo se siente el tener tantas muertes a su espalda y no tener nada claro?- esa pregunta la formuló una chica con semblante serio y frio. Algo calculador. Nunca la había visto y ni siquiera le había dado la palabra para formular dicha cuestión.
-         ¡Esa pregunta es inapropiada!- respondió Javier conteniendo la ira que crecía en su interior-. Obviamente nos sentimos fatal que haya tantas muertes. ¿Qué sabes tú del caso?- se escuchó una sonrisa que helaba la sangre.
Javier bajó del estrado en busca de aquella reportera. Se daba paso entre la multitud casi a empujones; con un cabreo descomunal. Los flashes volvían a hacer su aparición y le dificultaba la visión por encontrarla. Cuando creía haber llegado, no había rastro ninguno de aquella chica.

Una hora más tarde…

-         ¿Te parece bonito montar esa escena después de la que tenemos encima? ¡No tenemos nada y tú te dedicas a perseguir reporteras para encararte!- gritó Bea fuera de sí. Estaba muy cabreada con el comportamiento de su compañero.
-         Que no vaya de sabelotodo. Nadie sabe que no tenemos nada.
-         ¡Oh, claro que sí! Tenemos muchas muertes. Y más que habrá como sigamos haciendo el gilipollas.
Javier agachó la cabeza y no volvió a pronunciar palabra por la cuenta que le traía. Prefirió dejar el tema y esperar a que su jefa se calmara.
Varios minutos después, Decker apareció como una llamada telefónica a Bea.
-         Dime- contestó tajante la misma.
-         Hemos encontrado algo en el cuerpo de Montse. Deberíais venir inmediatamente.
-         Está bien. Ahora vamos para allá.
Colgó y con la mirada, incitó a Javier a que la acompañara. Él lo entendió a la perfección y la siguió por los lugares de la comisaría.
Al llegar a la puerta del laboratorio, la inspectora entró sin llamar; irrumpiendo en el lugar. Javier le siguió como el perro que sigue a su amo.
-         ¡Pasa, por favor!- exclamó irónico- No sé cómo no he dejado la puerta abierta para que no tuvieras ni que empujarla.
-         Deja las bromas para otro momento- cortó Bea. Decker hizo el gesto de los militares; juntar la mano estirada a su frente y bajarla con un golpe seco.
-         Lo que mandes- sonrió. Ella actuó indiferente ante aquella broma.
-         ¿Qué has encontrado?
-         He estado investigando y cogiendo posibles huellas en el cuerpo. Obviamente sabemos que es de Paco, pero las he llevado a analizar por si hay alguna duda.
-         ¿Duda?- preguntó, esta vez Javier por primera vez desde que llegaron, con tono incrédulo.
-         Lo hemos visto con nuestros propios ojos, Decker- recriminó Bea-. ¡No hay ninguna duda!
-         Bueno, no es eso por lo que te he llamado- Se puso serio-. He encontrado entre los pulmones esta tarjeta- se la tendió a la pareja policial dentro de una bolsa de plástico. Estaba manchada de sangre, pero limpia concretamente en la inscripción. La bolsa también tenía alguna mancha-. Si no llega a ser porque una de las esquinas sobresalía, no la hubiese visto. El tío quería que la viésemos, así que he creído que fuese una pista.
-         ¿Has deducido eso tú solito?- ironizó Bea. Cogió la bolsa de mala gana y se puso a leer lo que contenía la tarjeta: “Leroy Merlín” seguido de un triángulo grande de color verde entre las dos palabras. Más abajo venía la dirección, el teléfono y el fax ordenadamente una debajo de la otra-. ¡Y tanto que es una pista! Vámonos a este centro comercial.
-         Ya que vais, ¿Podéis traerme unas tablas con clavos?- pidió con gracia.
Bea le fulminó con la mirada y salieron por la puerta cerrándola tras de sí.
-         Bueno, no me lo traigáis si no queréis. Pero no hace falta ponerse así- gritó para que lo oyeran con un tono melancólico.

Transcurrieron treinta minutos desde que ambos policías habían salido del laboratorio del forense. Conducía Bea de tal forma que parecía que fuesen a apagar un incendio. Como alma que lleva al diablo, llegaron en un santiamén. El centro comercial estaba a las afueras de la ciudad y había demasiados semáforos. O eso le pareció a la inspectora. Aparcó en el primer lugar libre del parking que vio. Salieron del coche y se dirigieron hacia la entrada.
Era temprano, pues aún no estaba abierto para el público. Observaron desde la distancia como una señora de la limpieza estaba parada a unos pocos metros de la puerta donde entraba el personal. Salía con una escoba y un recogedor. Suponían que iría a barrer la zona de los carros donde poder llevar muebles y cualquier artilugio del hogar.
A los pocos minutos, se sobresaltaron con un gran estruendo. Un chillido agudo y ensordecedor arropó el lugar. Los agentes miraron a la señora de antes, pensando que se habría caído y lastimado. Pero se equivocaron. Ella tenía la cara desencajada. Con un rostro terrorífico y mirando hacia arriba, se encontraba parada enfrente del gran centro comercial. Bea y Javier corrieron a socorrerla inmediatamente. Algunos compañeros de la mujer salieron en su busca con semblante preocupado.
Al llegar, extrañados por aquel grito, preguntaron.
-         ¿Qué le sucede señora?- habló Bea.
-         A… Ahí… A… Arriba- apuntó tartamudeando hacia arriba; en dirección hacia el triángulo.
Ambos policías y los que se encontraban en el lugar por el gran grito de la limpiadora, miraron hacia arriba. Algunos también gritaron y otros salieron huyendo hacia dentro del edificio. Bea y Javier se quedaron atónitos sin saber qué hacer ya. A él le empezó a entrar un poco de miedo por no saber a quién se enfrentaba. Ella comenzaba a pensar que este caso era demasiado grande para su corta edad en el cuerpo.
El cuerpo sin vida de Raquel se encontraba colgado en aquel triangulo gigante de color verde. Semi-desnuda y ensangrentada. No tenía la parte de abajo y la parte de arriba del uniforme estaba medio abrochada. Solo la parte del ombligo. Tenía el pecho izquierdo destapado con una marca pintada de sangre y en su cabeza una frase con la misma caligrafía impecable e impoluta:
LA AVARICIA ROMPE EL SACO. LAS PUTAS SE ROMPEN LAS PIERNAS PARA TENERLAS SIEMPRE ABIERTAS.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Capítulo 13...



-         ¡No podemos dejarlo escapar de aquí!- gritaba Bea con inquietud mientras se aventuraba a correr.
Acto seguido, Javier se puso a correr detrás. No era tarea fácil. El camino estaba totalmente en tinieblas, y además, ya no podían contar con la pequeña luz que destellaba anteriormente la linterna; puesto que ya no funcionaba. Consiguieron desandar el tramo anterior, solo que a más velocidad, y ahora de memoria. Eran dos agentes bastante bien preparados, por lo que pudieron hacerlo sin complicaciones. El problema es que Paco también se sabía bastante bien el camino, y les llevaba mucha ventaja. Apenas conseguían diferenciar el sonido de sus pasos, cada vez más lejano. De repente, dichos pasos se dejaron de escuchar, lo que extrañó enormemente a Javier.
-         ¿Crees que se habrá detenido?
-         Lo ha hecho o se está burlando de nosotros, cosa que cada vez me enfurece más. Lo que está claro es que si nos espera, no es precisamente para que nos tomemos un café con él. ¡Saca tu arma y estate alerta por favor! Llevamos ya demasiadas muertes.
Después de decir esto, Bea se apresuró a la vez que corría, a avisar por teléfono pidiendo refuerzos; los cuales, a juzgar por la respuesta que recibió, estarían allí en ocho minutos como mínimo. Demasiado tiempo que darle a un asesino en serie. Teniendo en cuenta que siempre les llevaba la delantera, sería de esperar que Paco tuviera más que estudiada la forma de salir de allí. Desgraciadamente para Bea, sus pensamientos se harían realidad con una parada en seco de su compañero.
-         Observa esta puerta. Está totalmente blindada e insonorizada. De ahí la razón de que dejáramos de oír sus pasos. Me temo que si estoy en lo cierto, esta puerta solamente se abre desde el otro lado.
-         Tienes razón, pero a medias. Llama a los artificieros que no hay puerta que se resista a la goma dos. De todas formas, a este cabrón ya no lo cogemos. Aun así tengo interés de saber dónde lleva esto. Salgamos ya de aquí.
Ya en el exterior, los dos policías observaron cómo sus compañeros llegaban y acordonaban la zona.
-         ¡Precintad el parque. No quiero que nadie, que no esté autorizado por mi expresamente, entre aquí! Javier, vamos a la comisaría que tenemos que hablar muy seriamente.
Por el camino, ninguno de los dos se cruzó ni una sola palabra. Javier, en cierto modo, se sentía culpable de la muerte de la chica, ya que él fue quien la llevó hacia el parque. Bea estaba muy enfadada, más que nunca. Solo el hecho de ver sus ojos delataba su inmenso enojo. Absorta en sus pensamientos, conducía con rabia y velocidad. Al llegar al parking de la comisaría, el coche se detuvo con un sonoro frenazo, impulsado por la inspectora. Ambos subieron las escaleras hasta llegar al despacho de Bea, que al dejar la puerta tras de sí y de su compañero, la cerró con un golpe seco.
-         ¡Cómo es posible! ¡Parecemos dos novatos!- Bea gritaba más que nunca, hasta que pudo calmarse un poco. Aunque no supo cómo- Resulta que tenemos en nuestras manos a la siguiente víctima y se la ponemos en sus narices.
-         Lo siento- respondió Javier visiblemente triste.
-         No es tu culpa, de verdad-Bea esta vez sonaba muy comprensiva, más que nunca–. Probablemente yo en tu lugar hubiera hecho lo mismo. Al fin y al cabo, se suponía que el sitio más seguro en el que podía estar era con nosotros o con Decker. Ahora mismo, no me fío de nadie más que no seamos nosotros tres. Piénsalo, sabe bien nuestros movimientos, demasiado bien diría yo. Todo esto no puede estarlo haciendo él sólo. No puede tener tanta suerte. A partir de ahora llevaremos el caso Decker y nosotros. Es mucho lo que llevamos a nuestra espalda y seguramente la prensa nos ataque en breve. Por favor, cuando lo hagan, te encargas tú de hablar con ellos que sabes por donde llevarlos; por experiencias pasadas.
-         ¿Cuál será nuestro próximo paso?- preguntó Javier algo más sereno.
-         En breve te lo voy a decir, justo después de atender la llamada que me están haciendo ahora. Serán los artificieros. ¡Contadme dónde coño daba esa puerta!- contestó a la vez que encendía el altavoz de su IPhone.
-         Esa puerta tan solo conducía a una alcantarilla que daba al exterior. Por lo que el asesino debió de huir por ahí. Pero lo excepcional es que hemos encontrado el cuerpo de la víctima. El asesino lo ha dejado aquí por algún motivo.
-         Vale. Pues esto es lo que vas a hacer. Vas a esperar a que llegue Decker, y cuando esté allí, te llevas a todo el mundo. Él se encargará de todo.
-         De acuerdo jefa. En cuando acabe de hablar con usted, llamo al doctor para que venga.
-         ¡No!- replicó fuertemente Bea–. Al doctor ya le aviso yo. Tú dedícate a cumplir expresamente las órdenes que yo te he dado.
-         A sus órdenes – contestó el policía ciertamente extrañado.
Bea ni siquiera espero a que el policía le dijera algo más. Le colgó repentinamente y se dispuso a buscar en la agenda de su móvil el número del forense.
-         ¡Decker! Ha aparecido el cadáver de la última víctima en la puerta blindada que hemos atravesado. Escúchame con atención. Vas a por el cuerpo, lo llevas a tu laboratorio y te vas a descansar. No quiero que hagas nada hasta mañana. Otra cosa, a partir de ahora, de este caso sólo hablas conmigo o con Javier, con nadie más.
-         Perfecto jefa. El cuerpo estará en mi laboratorio de inmediato, y gracias por el descanso- respondió el doctor a la vez que finalizaba la llamada.
Decker no se extrañó en absoluto de las órdenes de su jefa. Era un hombre extremadamente inteligente y no necesitaba explicaciones. Además, antes de dedicarse exclusivamente a ser forense, también fue policía de calle y conocía perfectamente todos los procedimientos. Esa era una de las causas más fuertes por las que Bea insistió en  contar con él en su comisaría.
-         Vale Javier, lo que le he dicho a Decker va por ti también. Vete a casa a descansar, que todo lo sucedido no nos ha dado respiro y necesitamos la mente clara.
-         ¿Estás segura?
-         Claro. Además, los psicópatas también descansan.
Lamentablemente, Bea se equivocaba bastante.
********
Sentado en su BMW, Paco esperaba impacientemente en la puerta del centro comercial a que dieran las diez de la noche. No esperaría mucho, ya que apenas faltaban diez minutos. Horas antes lo había preparado todo dentro del centro. Perfectamente camuflado como empleado de mantenimiento, con su contrato de sustitución en orden. El recuerdo de lo que le tuvo que hacer al verdadero empleado para que no fuera hoy a trabajar aún reposaba en su mente, lo que le provocaba alguna sonrisa aislada. Como pez en el agua lo había diseñado todo de forma espectacular. Si no mataba así no disfrutaba. Era tal la sensación de poder que sentía, que incluso podía confundirse con algún otro placer carnal, con el que más de una vez había gozado. Todo en su sitio; sin cabos sueltos, fácil de manejar y apto para divertirse de forma cruel. Sólo quedaba esperar a que todo estuviera despejado. Su objetivo, la vigilante de seguridad del centro.
Cuando el tiempo de espera finalizó, Paco salió de su coche y se apoyó en la puerta. Estaba bastante apartado. Gracias a eso, y a la oscuridad de la noche, pasaba totalmente inadvertido. Los clientes del centro comenzaban a salir. También lo hacían algunos de los empleados, los que más suerte tenían, ya que Paco sabía perfectamente que el último empleado saldría a la media hora. Justo a esa hora entraba Raquel, su siguiente víctima. En aquel momento vio cómo bajaba de su coche, un renault megane, y se disponía a entrar a su puesto de trabajo
-         ¡Qué fácil sería hacerlo ahora!- llegó a pensar.
Sencillo pero sin lujos. De forma fría y sin sentir su venganza, cosa que le proporcionaba la paciencia necesaria para hacerlo a su forma. La chica iba vestida de calle, sabedora de que su uniforme estaba en la taquilla desde el día anterior. Ese dato, lamentablemente también lo tenía Paco. La hora llegó y Raquel se dirigió hacia su taquilla. Pasaban diez minutos de su hora de entrada. El café habitual le había retrasado, pero eso no suponía ningún problema ya que tenía mucha confianza con el director del centro, debido a sus largos años allí trabajando, y a otras cosas menos confesables. De todas formas allí ya no quedaba nadie, o eso pensaba Raquel. Al abrir su taquilla notó que algo no era normal. Ya que justo le cayó una foto en la que se podía distinguir a ella misma con su antiguo novio Paco. Una foto hecha a la salida del cine, con ya bastantes años y algo deteriorada. Pensó que sería alguna broma de Juan, el director del centro. Ya que en alguna ocasión le contó la historia que tuvo con Paco. Le contó incluso entre carcajadas la manera en la que se burló de él. No le dio más importancia a la foto y se dispuso a ponerse su uniforme. Cuando terminó, retiró la porra y la dejó dentro de la taquilla, algo que ya se había convertido en un gesto habitual. Lo que nunca dejaba de lado era su pistola. La colocó en su funda, sin percatarse que algunas horas antes, ésta había sido descargada. Cuando estuvo lista, bajó las escaleras y se dispuso a pasar otra larga noche sin incidencias reseñables, grandioso error su pensamiento. Al llegar a su puesto se llevó el primer susto, ya que todas las luces de la sección de iluminación se encendieron de golpe.
-         ¿Quién anda ahí? Esto no tiene ni puta gracia- Raquel hablaba con voz firme dada la larga experiencia de su trabajo, a la vez que desenfundaba la pistola y se dirigía hacia la sección.
Examinó minuciosamente cada uno de los cinco pasillos de la sección sin ver a nadie. Al llegar al pasillo de las bombillas, vio en el suelo otra antigua foto suya acompañada de Paco. Raquel la cogió y alzó la voz.
-         ¡Vamos Juan, ahora mismo no me apetece una gymkana sexual, y menos tan desagradable como esta!
Naturalmente no obtuvo ninguna respuesta, pero tampoco le dio tiempo a pensar en ello. Ya que llegó a su corazón el segundo susto de la noche. Todos los timbres expuestos en la siguiente sección, la de electricidad, comenzaron a sonar al unísono, provocando un ruido muy desagradable y aterrador. La luz de iluminación de apagó inmediatamente. Avanzó a la siguiente zona con total convicción. Las muchas pruebas que había pasado para conseguir el título de vigilante, y alguna incidencia con macarras en anteriores trabajos, la dotaban de una gran valentía. Avanzó los cinco pasillos correspondientes y llegó en el momento en el que el ruido cesó. Se encendieron las luces de aquella zona y en el suelo encontró una nueva foto. Esta vez se la veía a ella sin camiseta ni sujetador, en medio de uno de esos divertidos juegos que solía hacer con Paco.
-         ¿De dónde cojones has sacado esto Juan?- gritaba con algo más de temor- ¡Esto ya hace tiempo que ha dejado de ser gracioso!
Su temor iba en aumento, pero procuraba mantenerse fría, algo imprescindible para su trabajo. ¿Cuál sería el siguiente paso? La respuesta no se hizo de rogar ya que, a la vez de apagarse la luz de la zona de electricidad, se encendió la de la zona de pintura; colocada justo en frente. Avanzó unos metros y vio, en el pasillo central de la sección, una frase pintada con letras rojas con caligrafía muy legible:
¿TE SIGUEN GUSTANDO NUESTROS JUEGOS?
La duda de que en realidad fuera Paco se hacía cada vez más visible en ella. Y más al observar en el suelo, al lado de la frase, otra foto en la que aparecía ella totalmente desnuda.
-         Paco, ¿qué es lo que buscas aquí?- su voz sonaba con algo más de terror.
Aquel juego comenzaba a asustarla ya que, si era Paco el que había hecho todo esto, quien sabe a lo que llegaría ya que no se portó excesivamente bien con él.
-         Atención, la vigilante Raquel tenga el detalle de acercarse hasta la sección de sanitario por favor.
La voz sonó literalmente quebrada, como una grabación distorsionada. Se escuchaba desde la cabina de información. Por eso, Raquel se quiso asegurar que hubiera alguien allí, o de que fuera una grabación. Alargó el cuello para ver la zona de información, donde se encontraba el micrófono y vio que no había nadie. Afortunadamente para ella, desde la zona de pintura podía ver la mitad del centro. Ni se imaginaba que todo estaba precisado al milímetro. No dudó, aunque las piernas ya le temblaban por entonces, en ir hasta sanitario. Al llegar, se encendieron las luces, lo que la asustó más. Estaba en el pasillo donde se vendían los espejos de baño. Ver su cara reflejada en tantos espejos a la vez de repente la había asustado. Llegó al último espejo del pasillo y vio colocado delante un muñeco de peluche. Recordó que fue un regalo que le hizo a Paco en uno de sus viajes. El peluche era bastante grande, y en su mano izquierda portaba otra foto. Aquí se pudo ver a si misma junto a Paco. La foto estaba ligeramente cortada por el medio, separando a los dos. Raquel tiró con desprecio el muñeco al suelo. En ese momento las luces de la sección se apagaron y se comenzó a oír otro ruido, esta vez más agudo. Provenía de la sección de madera y era el ruido de la máquina que allí se utilizaba para cortarla. Raquel fue hasta allí, cada vez más aterrada, pero dispuesta a acabar con todo aquello de inmediato. Al llegar observó  la máquina encendida. Esto es todo lo que le dio tiempo a ver, ya que noto como un golpe seco y fuerte le sacudió la cabeza, provocando que se desmayara en el acto.
Al cabo de dos horas aproximadas, Raquel abrió los ojos. Mientras se desperezaba y se recuperaba del golpe, comprobó que estaba atada de pies y manos a escasos milímetros de la cuchilla que cortaba la madera .La luz de la sección estaba encendida Afortunadamente la máquina estaba parada, por el momento. En su boca no había nada, por lo que no estaba impedida para hablar.
-         ¿Qué buscas Paco?- exclamó horrorizada.
-         Bien, ya estaba cansado de que me confundieras con tu amante.
La voz de Paco comenzó a retumbar por la sección al tiempo que este llegaba a la misma. Vestía totalmente de negro y llevaba unas gafas de sol, lo que disimulaba sus grandes ojeras debido al cansancio acumulado.
-         Lo que deseo no es más que venganza. ¿Recuerdas cuando salimos juntos? ¿Y mi humillación? Resulta que voy a buscarte a casa y te encuentro en tu portal besándote con otro, y lejos de avergonzarte, te reíste de mí y tu amigo me amenazaba para que me largara. Me sentí como una mierda, totalmente abatido. Te reíste de mí. No me importa que te vayas con otro. Pero como veo que nadie te enseñó a cortar nuestra relación, ya te enseño yo. Que buen sitio para hacerlo, precisamente aquí que se pasan el día cortando. Cuanto has podido aprender hasta que hoy se acabe tu vida.
Paco avanzó hacia la máquina y la activó. Las virutas de madera y el serrín acumulado del día se le metían a Raquel en los ojos, impidiendo así su visibilidad. Con cuidado, Paco dirigió la cuchilla hacia la pierna de Raquel y se la cortó de cuajo. La pierna salió despedida con una brutalidad bestial, cosa que no inquietó al asesino lo más mínimo. La chica gritaba de dolor.
-         Vale, como ya no puedes correr te suelto.
Dicho esto, Paco apagó la máquina y liberó a Raquel. Esta, al caer al suelo, exclamó muy dolorida.
-         ¡Grave error!- . Lo dijo lo más alto que su elevado dolor le permitió.
Con una velocidad sobrehumana, cogió su pistola, que Paco, en un error, o al menos eso es lo que creyó ella, había dejado a su alcance. Se dispuso a disparar, pero su sorpresa fue mayúscula, quizá la más grande de la noche. No salió ni una sola bala ya que la pistola estaba totalmente descargada.
-         ¡Crees que soy un puto novato!- gritó Paco-. La pistola ya ha sido previamente descargada por mí. Quizá si hubieras traído tu porra tendrías alguna posibilidad. ¿Por qué no la has traído? ¿Por miedo a volver a caer, y masturbarte como una loca con ella? ¡Mira que siempre has sido guarra, eh!
Acabado el relato de preguntas con ironía, y saciada la venganza solo quedaba el final, que no se haría esperar. Se acercó hacia ella, saco su cuchillo y le dio un tajo certero en la yugular. A la chica no le dio tiempo ni tan si quiera a gritar. La sangre corría a borbotones. Aquello, tan siniestro para muchos, a Paco no le provocaba ningún estupor. Más bien todo lo contrario. Quiso dejarle libre el pecho, algo premeditado. Poco tuvo que esperar para ver a la chica sin vida, se guardó su cuchillo y la subió a una mesa cercana. Quería prepararla para exponerla. Otro trabajo resuelto con eficacia y vistosidad.

lunes, 28 de marzo de 2011

Capítulo 12...

Bea llegó en menos de diez minutos al hospital. Entró a la sala de espera, pero los padres de las chicas no se encontraban en el lugar. Decidió entrar a la habitación donde estaba ingresada la hermana de la fallecida.
A los pocos minutos comprobó que no había rastro de ellos, ni de Silvia. Registró el armario y las posesiones de la enferma seguían estando ahí.
Bea pensó que estaría en el baño. Justo ella salió por la puerta de enfrente a la inspectora.
-         ¿Sucede algo?- preguntó Silvia de lo más tranquila.
-         ¿Dónde están tus padres?
-         Se marcharon para casa. Yo les mandé que se fueran porque les notaba cansados. ¿Por qué?
-         Siéntate- ordenó. Por un minuto, las palabras de su compañero Javier, retumbaban en su cerebro. Que no fuera tan brusca. Lo intentaría, pero eso sería dejar de ser ella misma-. Hemos encontrado a tu hermana. Muerta- no pudo contarlo con menos tacto. Había sido cruel, lo sabía, pero algo no marchaba bien. El silencio de Silvia no era de sorpresa, ni de estado de shock. Se la veía asimilando las palabras, mirando hacia los lados un poco ida. Como pensando qué decir. Era como si tuviese un papel ensayado.
-         ¿Cómo que muerta?
-         Sí. Muerta de muerta. Que no vivirá más, que no estará entre tus padres y tú- Convencida de que no podía ser más cabrona, su reacción no concordaba con las palabras dichas. En una familia que acaba de perder un ser querido, llora, grita, se desangra por dentro. Pero Silvia estaba inmune. No daba señales de dolor y menos de desgarro interior. Era como... como si se lo esperase. No la pillaba por sorpresa, con lo cual, Bea empezaba a sospechar de Silvia. Que tenga algo que ver o aun peor, que sea ella la principal culpable.
-         La verdad es que ese tío no se anda con chiquilladas. Si no me llegáis a salvar, yo estaría en la misma situación que Sara- esta vez se la notaba asustada. Pensando en que ella podría haber sido aquella víctima y no su hermana, la ha hecho reaccionar de diferente manera.
-         Me tengo que marchar. Si hablas con tus padres, les comunicas que quiero hablar con ellos, ¿entendido?- sonó dura.
-         Está bien. Yo se lo diré- hizo caso omiso al tono de Bea.
La inspectora marchó de nuevo al lugar de los hechos. Con la velocidad que tomó su coche, no tardó más de siete minutos. Estaba verdaderamente preocupada, intrigada y con una rabia que la reconcomía por dentro. No sabía cómo demostrar que Silvia podía tener relación con las muertes. Era imposible que su propia hermana la matara. Desechó cualquier pensamiento de la posible asesina, pero agolparon en su mente ideas nuevas. Podría ser la cómplice. No han descartado la posibilidad de que sean dos personas las que andan detrás de los homicidios, y podía coincidir con la teoría que cabreaba a la agente.
Aparcó a la primera. Torcida. Le daba igual si estaba bien o mal aparcado, lo que corría más prisa es hablar con Javier y Decker. A los dos minutos llegó al lugar donde se encontraba el cuerpo. El forense y su compañero estaban hablando; apartados de los demás. Ella comenzó a correr, pues cada vez los veía más lejos.
Por fin llegó hasta ellos y éstos se quedaron con cara de extrañeza al ver el semblante serio y agotador de Bea. Con la respiración agitada, intentaba explicar lo que sucedía. Los chicos no entendían ni una palabra. Cuando paró de hablar, Decker intervino:
-         No te hemos entendido nada. ¿Podrías calmarte y explicarnos mejor? Nos estas asustando.
-         Es cierto, jefa. ¿Hablaste con los padres de las chicas?- preguntó esta vez Javier.
-         Está bien- respiró profundamente. Cogiendo aire despacio y soltándolo de golpe. Se sentía menos cansada. Debería dormir más para aguantar carreras como esa-. Fui al hospital para hablar con los padres de las víctimas. Ellos no se encontraban en ninguna parte. Entré en la habitación de la chica para comprobar que se hallaban allí, pero no estaban. Silvia tampoco habitaba la cama, así que temí que la hubieran vuelto a secuestrar. Miré en su armario y estaban sus objetos personales y su ropa. Cuando cerré la puerta de aquel armario, apareció ella del baño. Estaba muy calmada. Le dije lo de su hermana.
-         ¿Se lo dijiste con tacto?- interrumpió Javier.
-         Si no me interrumpes te lo cuento- cortó-. Intenté sonar menos brusca de lo normal, pero la noticia era la misma. Cuando se lo dije, su reacción fue de lo más extraño.
-         ¿Lloró? ¿Se desmayó?- intervino Decker esta vez.
-         Mucho peor- hizo una pausa-. No lloró, ni se desmayó; y mucho menos se puso histérica. No le pilló de sorpresa. Es más, estaba pensando qué decir o cómo reaccionar. Pienso que tiene algo que ver y está metida en estos asesinatos.
-         ¿Cómo va a matar a su propia hermana?- cuestionó Javier sin creérselo del todo.
-         Puede ser un millón de motivos. ¿Tú que piensas, Decker?
-         Es complicado- se agarró la barbilla con la mano derecha e hizo una pausa, pensando-. Por lo normal, es muy poco creíble que una hermana mate, pero sí puede haber algún motivo.
-         ¿Cómo cuál? ¿Estamos todos locos?- gritó el subalterno nervioso.
-         Es difícil de creer- respondió el forense-. Podría ser perfectamente por celos hacia su hermana.
-         ¿Y qué motivos serían capaces de matar a su hermana?- habló Bea de nuevo, pues estaba observando como reaccionaba su compañero.
-         Por ejemplo, el amor de un chico. Que el sujeto quiera a una y la otra esté despechada por saber que no es a ella a la que ama, sino su hermana. Hay montones de motivos, pero solo se me ha ocurrido ese.
-         Javier, ve al hospital y hazle unas preguntas a Silvia. Y muy importante; que te fijes en sus reacciones cuando le preguntas.
-         Está bien- aceptó él a regañadientes.
Los demás agentes estaban limpiando la zona y cogiendo pruebas. Se pudieron llevar el cuerpo al laboratorio. Javier se iba a marchar al hospital y Decker al laboratorio para examinar el cuerpo. Bea decidió irse con el forense para aclarar unos puntos sobre Silvia. Antes de montarse todos en sus respectivos coches, un policía gritó a Decker. Habían encontrado algo fuera de lo normal y le avisó; tal como él les pidió. Decker y Bea se miraron durante un segundo y giraron sus cuerpos hacia la dirección del agente. Javier ya se había montado en su coche, pero con los gritos, volvió a salir. Él se acercó hasta donde se encontraba la pareja y escuchó atentamente lo que el chico uniformado tenía que decirles.
-         Hemos encontrado algo un poco raro.
-         ¿De qué se trata?- incitó Decker al joven policía para que hablase.
-         Cuando hemos despejado el cuerpo del laberinto. Debajo de la fallecida, encontramos un escrito.
-         Sí. Una frase. Está en todas las muertes- explicó Bea de forma fría.
-         No. Hay otra. La frase que usted indica es sobre la víctima y casi siempre se ubica al pie de la mujer fallecida, o en su defecto, encima. La frase que yo le digo, estaba tapada por el cuerpo de la chica. Debajo de ella.
Todos se miraron con la cara horrorizada. Entre sorpresa, y preocupación, los tres se acercaron al pequeño laberinto que adornaba una pequeña plazuela. Cada uno en un espacio, se asomaron a leer la frase:
LOS ESPEJOS SON LA IMAGEN DEL ALMA. ¿QUERÉIS VERLO? EN EL PARQUE DE JESUITAS. EN LA CÚPULA. ABAJO.
Después de leerlo varias veces, seguían bloqueados. Bea fue la primera que reaccionó. Mandó a Decker que fuera al laboratorio a mirar el cuerpo de la muerta. Si encontraba algo, que la avisara. Javier y ella irían donde indicaba aquella frase.
A los quince minutos, llegaron donde la frase les indicaban. Había una pequeña plaza con una cúpula. Un techo ovalado con cuatro barrotes sujetándola. Miraron por todas partes, pero no encontraban ningún lugar donde indicara una abertura hacia abajo. Durante unos minutos, se desesperaron. No hallaron nada. Bea ordenó a Javier que interrogara a Silvia. Que le preguntara sobre Paco. Ella mientras, seguiría buscando.
A los veinte minutos, el subalterno se presentó donde su jefa; pero acompañado.
-         ¿Qué demonios…?
-         Perdona por tardar.
-         ¿Quién es?
-         Te explico. Fui al hospital a hacerle a Silvia las preguntas que tú me mandaste. Pregunté sobre Paco, y me dijo que después de estar con las dos hermanas, estuvo saliendo con Montse. La busqué en la oficina, llevé a varios agentes para que protegieran la casa y me la traje aquí para que hablaras con ella.
-         Buen trabajo, pero tendrías que haberme avisado.
-         Ya, pero preferí ahorrarte más disgustos.
Se sentaron los tres en un banco cerca de la cúpula. Bea comenzó a preguntarle sobre la relación que tuvo con el asesino.
-         No duró mucho- respondió ella-. Empezamos a salir el mismo día que me marchaba a Murcia.
-         ¿Seguisteis la relación a distancia?
-         Sí. Duramos como mucho un mes o dos, no lo recuerdo bien. Después volví aquí y nos vimos. Estuvimos juntos y más tarde me fui de nuevo. No hablamos de dejarlo, pero perdimos la comunicación y lo dimos por sentado.
-         ¿Te suena este lugar de haber venido con él?
-         Sí. Antes de comenzar a salir, éramos amigos del mismo grupo. Veníamos aquí a pasar la tarde y bromear.
-         Muy bien. En la victima anterior, nos ha dejado una pista. Nos han dado esta dirección y querría saber cómo entrar en la cúpula- apuntó ella al suelo de aquella parte del parque.
Los tres se pusieron a observar el suelo de mármol sin saber exactamente qué buscaban. A los pocos minutos, Montse encontró un aspa rojiza encima de una pequeña apertura. Una raja donde el suelo no estaba unido y la pintura, desgastada, se encontraba entrecortada por aquella pequeña separación.
Ésta, avisó a los agentes, y entre los tres, dieron impulso para que la compuerta se abriese.
*****
Una pequeña luz se asoma en el habitáculo oscuro que les aguardaba. Un eco profundo retumbó mientras los tres bajaban.
Jato observaba la escena desde un escondrijo apartado de la apertura, con cautela y paciencia. Sonriendo.
Cada uno iba mirando a un lado diferente de la estancia tan poco ventilada como poco iluminada. No se separaban y no veían nada.
Como un ciego sin su bastón, caminaban a tientas y pisando despacio. Bea, se acordó que tenía un artilugio en forma de llavero que le servía para iluminar sitios oscuros como aquel. Una pequeña linternita, unida por un arete de metal a unas sonoras llaves. Los tres iban algo mejor; alumbrando ella todo a su paso.
La inspectora encabezaba la pequeña fila india que se encontraba en el pasillo. Le seguía su compañero y después la chica. Se acostumbraron a la poca luz que desprendía el pequeño aparato, lo que les costaba menos aligerar el paso.
Unos metros más adelante sonó un Click, seguido de un estruendo; como una puerta cerrada de golpe. Los agentes se miraron y, seguidamente, miraron a la chica, pero ésta no estaba. Ella se había puesto al lado derecho para tener mejor visibilidad del camino y desapareció. Justo se encendió una luz. En su lado derecho, vieron una cristalera que llegaba hasta el techo de la estancia y tenía forma ovalada. Observaron atentamente, dándose cuenta que al final de aquel espacio iluminado, había una silla grande de madera. Como una silla eléctrica antigua, poseyendo correas en cada posa brazos y las dos primeras patas. En aquel objeto, se encontraba Montse atrapada en cada correa por sus muñecas y tobillos. Llorando a mares.
A su lado, se encontraba Jato sonriendo victoriosamente.
-         Gracias por traerme a la chica. Ya pensaba que tendría que ir a buscarla por mis propios medios- habló ronco y de forma irónica.
-         ¡Suéltame!- gritó ella
-         ¡Silencio!- cortó él, seguido de un bofetón en la mejilla izquierda con la parte de arriba de la mano. Montse gimió de dolor.
Los policías no creían lo que veían. Se quedaron perplejos sin saber qué hacer o cómo reaccionar. Bea espabiló antes y decidió hablar:
-         ¡Qué es lo que deseas!- no le preguntó. Lo dio por hecho, imaginando que lo hacía por pedir un rescate-. Te lo traeremos si sueltas a la chica.
Jato rió sonoramente y chistaba en forma de negación, haciendo que todos estuvieran confusos por saber qué adelantaba seriamente con esos actos.
-         ¿Qué adelantas con todo esto?- preguntó esta vez la inspectora, confusa sin saber qué esperarse.
-         Justicia- hizo una pausa-. ¿Sabes lo que es eso? Tú más que nadie deberías saberlo, ya que eres inspectora- continuó con voz calmada, mirando directamente a los ojos de Bea.
Ella trató de aguantarle la mirada y él no la separaba de la suya. Comenzó a asomarse una sonrisa malévola en el rostro, consiguiendo que un escalofrío recorriera la espina dorsal de la agente y apartara primero la mirada del asesino.
-         Basta de charla y vamos a lo importante- dijo Jato de nuevo con voz fría.
Dicho esto, se acercó a la chica, sacudió el brazo derecho donde salió un cuchillo afilado y sonrió maliciosamente.
-         ¡No!- chilló Bea dirigiéndose al cristal.
Al instante, sin borrarse la sonrisa de la cara, agarró el pelo de Montse y la acuchilló varias veces en el estómago. Ella tosió, dejando caer un ligero camino de sangre desde su boca hasta su ropa. La rajó desde el pecho hasta el ombligo. La desató de la silla y la acercó a los policías para que viesen mejor la escena. Con la sonrisa aun impresa en sus facciones y haciéndola triunfante, miró a Javier; después a Bea. Y sin separar la vista de ella, recorrió con el cuchillo el cuello de la víctima. Dando su último suspiro, la sangre de la yugular salía a chorros, empapando el cristal; haciendo un engaño óptico como si Bea tuviera la cara llena de aquel líquido rojizo con sabor a hierro.